Esta historia fue publicada por el diario El País bajo el título: “Unos tubérculos andinos reinventan la economía de este pueblo de Argentina tras la caída del turismo”.
En la fotografía de portada, vista aérea del pueblo de Iruya, en la provincia de Salta, Argentina, martes 1 de septiembre del 2026.
El viaje desde el pueblo de Iruya, en Salta, a la Provincia Buenos Aires, puede durar días. “El camión con los productos frescos tarda de 24 a 35 horas en llegar”, explica Raúl Viveros, integrante de la comunidad Kolla Colanzulí de Finca Santiago. Ese es el esfuerzo que requiere que en el mayor mercado de Argentina se puedan consumir tubérculos andinos de un sabor incomparable y comercializados por el primer pueblo originario reconocido por el Estado.
A finales de septiembre, Viveros acaba de volver de Buenos Aires. Descendió desde las montañas salteñas con el objetivo de seguir expandiendo el mercado y conseguir financiamiento para los productos orgánicos. Apunta al Mercado Central de Buenos Aires, el principal centro de distribución de frutas y hortalizas del país.
“El año pasado comercializamos cerca de 30 toneladas de papines y otros tubérculos andinos. Esperamos ampliar la cantidad a 40 toneladas para el año siguiente”, explica en una conversación telefónica desde el pueblo de Nazareno. Al comerlos, afirma, estás ayudando a los productores que protegen y resguardan el valor “simbólico, histórico y cultural” de los alimentos.
De formas caprichosas y colores vivos, los tubérculos andinos —tallos subterráneos de diversas familias botánicas que incluyen a la papa, la oca y la papalisa— entran en la palma de una mano y destacan por su sabor terroso con tintes dulces. Eran fundamentales para la alimentación incaica y al día de hoy subsisten más de 4.000 variedades.
El camión llega de madrugada y es recibido por Alta Red. “Nucleamos a pequeños y medianos agricultores de fruta y verdura en 19 provincias. Son productores agroecológicos y orgánicos a los que también asesoramos en temas como el empaque, el traslado o la transición a métodos más sustentables”, agrega Leidy Ortiz, desde un galpón del Mercado Central, en medio de una mañana lluviosa. Es la presidenta de la primera Federación de Cooperativas Comercializadoras Solidarias de Argentina, fundada hace una década.
“Iruya es el lugar más remoto desde donde nos llega mercadería y desde acá lo distribuimos a otras provincias y a 60 comercializadoras de Buenos Aires”, enfatiza Ortiz. Según sus cálculos reciben de La Colanzuleña (nombre del emprendimiento salteño) alrededor de cuatro toneladas al mes y cualquier consumidor puede acercarse a comprar sus papines andinos por $4530 el kilo (50 céntimos de euro).
Un lugareño camina al atardecer por el centro del pueblo de Iruya, en la provincia de Salta, lunes 31 de agosto del 2026.
Un pasillo del Mercado Central de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires, martes 30 de septiembre del 2026.
La Comunidad Kolla de Finca Santiago se ubica en el departamento de Iruya y se extiende hasta el de Orán, en un territorio de 125.459 hectáreas, —equivalente a dos veces la ciudad de Madrid— y está compuesta por cuatro comunidades o ayllus: Volcán Higueras, Isla de Cañas, Río Cortaderas y Colanzulí. Esta última es lindera al pueblo de Iruya y se ubica en la región de la prepuna. Cuenta con alturas que superan los 3.800 metros sobre el nivel del mar y un clima seco donde prevalecen los vientos fuertes y el sol.
El pueblo de Iruya, a su vez, es una de las joyas del turismo argentino. Ubicada en la provincia de Salta, a 1.500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, está en la ladera de una montaña y cuenta con apenas 2.000 habitantes. La distancia de otros centros urbanos, que implica un viaje por caminos de cornisa de tres horas, la vuelven prácticamente aislada, y configura gran parte del encanto que cautiva a sus visitantes y la hacen figurar con frecuencia en los rankings de los pueblos más “hermosos del mundo”.
Pero posee también una vida sonora que escapa a lo solemne. Cada atardecer, cuando el sol cae detrás del cordón occidental del valle y la temperatura desciende de golpe, bandadas enteras de loros barranqueros (Cyanoliseus patagonus) se instalan en las copas de los eucaliptos que rodean el pueblo y los bordes del río. Para el forastero el alboroto puede resultar ensordecedor, pero para los habitantes de Molinos es cotidiano. Los loros, y en muchas ocasiones también los burros, son los vecinos más ruidosos y queridos de la villa; un recordatorio silvestre de que el monte calchaquí sigue gobernando las alturas.
Apenas a unos veinte kilómetros de distancia, remontando un desvío arenoso hacia el noroeste, la geografía se comprime todavía más para cobijar a Seclantás. Es un caserío mínimo, pulcro y silencioso, apiñado a orillas del río Calchaquí: “La sencillez más encantadora preside a esa hospitalidad; se es recibido como viejo amigo; uno se encuentra con su casa”, escribió sobre este lugar el arqueólogo Juan Ambrosetti, en su conferencia “Por el Valle Calchaquí”, hace casi 130 años. Característica que al día de hoy persiste.
Un pueblo con una historia
“El origen más antiguo que podemos constatar del poblado de Iruya se remonta al Tawantinsuyu, que fue el imperio más grande de la América del Sur precolombina, gobernado por los incas y ubicado en los Andes centrales”, describe en un correo electrónico Guillermina Oliveto, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires. “Es una zona que resultó de una tardía colonización y que contaba con una configuración multiétnica con grupos indígenas como los ocloyas, churumatas, paypayas u ossas”, recuerda. Posteriormente, todos pasarán a conocerse como “kollas”, que en dialecto quechua significa “sur”.
“A partir del año 2000 comienza a llegar turismo y empieza hacerse más conocido. Los lugareños empezaron a trabajar exclusivamente con el turista, porque es una buena fuente de ingresos y luego el destino se volvió internacional. Comenzaron a llegar de todos lados. Hoy es la base de nuestra economía. Si afloja el turismo, afloja todo”, explica Andrés Gallardo, desde la mesa de entrada de la Municipalidad de Iruya. “En estos años estuvo baja la concurrencia, más en verano. Antes era mucha más que en el invierno y los últimos dos o tres años no viene casi nadie”, cuenta.
Unos 20 kilómetros antes de llegar a Iruya se encuentra Colanzulí. La comunidad está compuesta por un puñado de viviendas esparcidas a grandes distancias, bajo esplendorosos cielos azules, que Marina Weinberg conoce muy bien. La antropóloga argentina, actualmente radicada en Chile, realizó sus tesis de grado, maestría y doctorado sobre la conformación de Finca Santiago y pasó los primeros años del siglo en la comunidad.
“Colanzulí es la más antigua de los cuatro ayllus, la encontré en censos de 1869. Las otras no figuraban”. También conoce desde hace tiempo a Raúl Viveros y al incansable traqueteo que hacen los camiones que transitan los caminos de ripio para comercializar tubérculos de un sabor diferencial: “Es un antecedente de lo que está pasando ahora, en el 2003 ya vendían en los mercados locales de Iruya y de Humahuaca”, recuerda en una videollamada.
En relación al reconocimiento estatal y la devolución de las tierras a comunidades indígenas, Weinberg analiza que: “En los noventa hubo un resurgimiento de la identidad originaria con constituciones en muchos países de América Latina que admitieron su preexistencia”. Fue en este contexto que la reforma constitucional de 1994 reconoció a estos pueblos nativos y abrió paso a la expropiación de la Finca Santiago, que se concretó tres años más tarde. El paso final fue la inscripción de la primera personería jurídica para una comunidad así en el país: la Comunidad Índigena del pueblo Kolla de Finca Santiago, previa presentación de su propio Estatuto General, que rige sobre las cuatro comunidades que la conforman.
En 2021 Colanzulí logró la habilitación del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria, lo que les permitió operar de manera legal con los grandes centros urbanos de Mendoza, Córdoba, Rosario o Buenos Aires.
A su vez, la creación de un reciente deshidratador les permitirá vender los productos secos. “Por el cambio climático, hay algunos productos que no llegan a madurar en su totalidad o tienen alguna deformación que impide su comercialización. De este modo evitamos el desperdicio”, explica Viveros, entusiasmado con nuevas formas de producción que permitirán aprovechar hasta un 90% de la cosecha.
Franco Gabriel Gari, trabajador de Alta Red, coloca los papines en bolsas de 18 kilos para su comercialización en el Mercado Central de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires, martes 30 de septiembre del 2026.
Franco Gabriel Gari muestra los papines andinos en el Mercado Central de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires, martes 30 de septiembre del 2026.
El dilema turístico
Según datos oficiales del Ministerio de Turismo y Deportes de Salta, la cantidad de visitantes a la provincia descendió de 755.198 en el verano de 2024 a 651.184 en el de 2026, una caída de casi el 14%. Gustavo Sáenz, el gobernador de la provincia, utilizó cifras más contundentes para graficar la situación: “Ha bajado muchísimo el consumo, y está cayendo drásticamente el empleo. De 100 personas que venían a Salta hoy llegan 50, bajó a la mitad el turismo que recibimos”, afirmó durante una entrevista radial en julio del año pasado.
Si bien Viveros también reconoce “una caída en la actividad turística”, según él lo que está en declive es el turismo convencional que se conforma con visitar únicamente el pueblo de Iruya. “En los últimos años el turista quiere conocer las montañas, hacer caminatas, estar vinculado con lo agrícola, por eso nosotros ofrecemos la ruta de los papines andinos o el ascenso al cerro El Morado, por ejemplo. De esta forma, con el ingreso de visitantes, podemos sostener la parte del emprendimiento agrícola”, explica el coordinador del Consejo Kolla de Colanzulí.
La actual crisis turística va a contracorriente del aumento sostenido de las últimas décadas, conforme la Quebrada fue nombrada Patrimonio de la Humanidad en el 2003 por la Unesco. El arribo de turistas entre 1994 y 2006 creció más de 15 veces, de 7.000 personas a 110.000. Este incremento en las visitas y en los días de permanencia se acompañó de un aumento y diversificación de la oferta en la Quebrada de Humahuaca (ubicada en la provincia de Jujuy, de paso obligatorio para llegar). “Iruya es una de sus localidades más dinámicas de este sector, su crecimiento obligó a multiplicar el servicio de transporte desde Humahuaca para acceder por cuenta propia a la localidad”, explica Claudia Troncoso, doctora en Geografía por la Universidad de Buenos Aires mediante un correo electrónico.
Las distancias se acortan. Los días de viaje que separan la alta montaña salteña de la planicie bonaerense se articulan a través de estos tubérculos ancestrales. Desde la región andina encuentran su vía de acceso al mercado masivo gracias al trabajo entre la comunidad indígena más antigua de Argentina y su primera red de comercialización agroecológica. Ambas logran algo impensable mediante una pequeña hazaña productiva: hacer realidad el sueño de disfrutar de un sabroso alimento milenario que, de otra forma, habría quedado en el olvido.