Algo (verde) flota en la laguna
A un hora del Obelisco, una planta acuática invasora amenaza con tapar el espejo de agua que da vida a San Vicente. Alimentar una pequeñísima plaga puede ser la inmensa solución.
Esta historia fue publicada por revista Viva bajo el título: “Invasión de camalotes: la lucha de la ciencia para salvar a una mítica laguna del Conurbano”.
En la fotografía de portada, Una pareja toma sol en la ribera, frente a camalotes que quedaron luego de la última extracción masiva, de la Laguna de San Vicente domingo 9 de agosto del 2026.
Parecía una cancha de golf, pero es una laguna. Las palas mecánicas hicieron un trabajo contrarreloj para intentar eliminar todo indicio de esta planta y que la superficie esté radiante para el lanzamiento, tres semanas atrás, de un megaproyecto inmobiliario que busca atraer turismo a la Laguna de San Vicente, uno de los espejos de agua más famosos de la provincia de Buenos Aires.
El camalote parece una preocupación lejana en la orilla más visible. Pero en las profundidades ya se está multiplicando. Y donde no se realizaron trabajos de remoción, unos metros más adentro, está intacto. No hay certezas de cómo llegó, pero sí se sabe que no fue hace mucho. Es una planta acuática, parte del linaje que hace 500 millones de años comenzó la transformación de la Tierra, de las más agresivas de todas. Quienes la estudian para erradicarla dicen que está “totalmente adaptada”, que es “aliada del aumento de temperatura” y que hasta “hace clones” de sí misma para expandirse. En el mundo analizan su genética para combatirla, y una de las soluciones que encontraron para frenar su avance es argentina.
“El camalote es una amenaza para la biodiversidad global y los ecosistemas”, detalló un estudio publicado en iScience en 2024 que analizó por primera vez su genoma. Ese grupo de investigadores indios logró secuenciar su ADN e identificaron genes asociados a la invasión, una suerte de capacidad de “fotosíntesis expandida” y “alta tolerancia a la contaminación”, que la vuelven una aliada perfecta para prosperar en nuestra era.
San Vicente es un pueblo bonaerense devenido en ciudad y atravesado por la política desde siempre; aquí se encuentra la quinta de Juan Domingo Perón, donde descansan sus restos. Para sus casi 100 mil habitantes, su centro neurálgico no es la plaza principal frente a la municipalidad, ni la iglesia o el banco. Es esta laguna de 180 hectáreas, a 50 kilómetros al sur del Obelisco. Y hasta acá llegó, o mejor dicho, trajeron, a la Pontederia crassipes. El camalote.
Piletones de concreto utilizados para la reproducción de insectos que se alimentan de camalotes en la Reserva Natural Laguna de San Vicente, domingo 9 de agosto del 2026.
Una planta de camalote infestada con Megamelus scutellaris en la Reserva Natural Laguna de San Vicente, domingo 9 de agosto del 2026.
“A nivel mundial está en más de 60 países. Aunque es nativa de Sudamérica y de algunas zonas argentinas. No de la región pampeana donde se encuentra la laguna de San Vicente”, explica a Viva Ana Faltlhauser, becaria posdoctoral del CONICET. Junto a Alejandro Sosa, investigador adjunto, forman parte de la Fundación para el Estudio de Especies Invasivas (FuEDEI). Para vencer a esta plaga, ellos activan un minúsculo ejército argentino.
“Hay insectos que solo comen camalotes, multiplicarlos sirve para restablecer el equilibrio de su ambiente nativo”, dice la bióloga. Sosa específica: “Le damos un refuerzo de insectos al sistema”. Utilizan tanto Megamelus scutellaris, una chicharrita que succiona savia, como el Neochetina bruchi, un gorgojo que mastica las hojas.
“Estos insectos fueron estudiados hace muchos años en Argentina y ahora se utilizan en el mundo, pero son de acá”, sigue Faltlhauser, que registró un “60% en la reducción de la biomasa de los camalotes desde que aplicamos el control biológico”. Al achicar el tamaño de las plantas, se ahorran esfuerzos en la remoción mecánica que acompaña el proceso. El estudio sobre el caso más extenso de control biológico en el mundo, en La Rioja, lleva la firma de ambos investigadores.
En el paper hay una foto de un puente que conecta con un mirador: una casa amarilla, techo a dos aguas, sobre un pilar blanco. De fondo las montañas y abajo el Dique Los Sauces con el agua verde, año 1974. Al lado, la misma foto, pero el agua parda, en 2018. Por primera vez desde su introducción “no se registraron plantas”, afirma la investigación. Eso buscan recrear en la laguna de San Vicente. Del estudio también participó el profesor Martin Hill, presidente de la Organización Internacional de Control Biológico y doctor en entomología por la Universidad de Rhodes, en Sudáfrica, que viajó especialmente a San Vicente para ver qué tan verde estaba la laguna.
A más de una década de su programa de intercambio pampeano, Hill cuenta a Viva que en su país esta planta “prospera especialmente en aguas contaminadas”, mientras que en las zonas más frías deben continuar con la liberación de insectos mediante un programa de reproducción que se apoya en una estrategia de educación comunitaria. “Hemos demostrado que allí donde logramos controlar el camalote, los servicios ecosistémicos regresan”, afirma el experto.
La Escuela Secundaria Agraria de San Vicente, que el profesor Hill visitó durante su viaje, funciona como un nodo para la cría de los insectos que después se liberan en la laguna. Y también fomenta la educación para que las personas no sigan propagando la planta flotante. “Hacemos un trabajo muy fuerte de educación ambiental con toda la comunidad, no solo en la escuela, también con el centro universitario mediante una Diplomatura en plantas invasoras en ambientes acuáticos”, cuentan los investigadores del FuEDEI.
Las lagunas pampeanas son únicas. Funcionan como enormes piletones de agua poco profunda. Son ecosistemas extremadamente frágiles y están totalmente modificados. “Una competencia entre la sedimentación y el hundimiento, pero gana este último”, narra a Viva Eduardo Rosello, profesor del Instituto de Geociencias Básicas, Aplicadas y Ambientales de la Universidad de Buenos Aires. “Hacé de cuenta que arrojás paladas de tierra a un pozo que se continúa ensanchando. Los sedimentos que ingresan no logran colmatarlo y se crea una laguna poco profunda en un proceso tectosedimentario conocido como ‘cuenca hambrienta’”.
Un guardaparques observa aves en la Reserva Natural Laguna de San Vicente, domingo 9 de agosto del 2026.
Una lechucita vizcachera (Athene cunicularia) en la Reserva Natural Laguna de San Vicente, domingo 9 de agosto del 2026.
Más de un centenar de especies de animales y flora nativa conviven en la Laguna del Ojo, que forma parte de la “Reserva Natural Laguna de San Vicente”. Un formidable humedal lleno de biodiversidad a los márgenes del conurbano sur. “Al ser la llanura pampeana muy llana, los ríos fluyen más lentamente para lograr su nivel de base en el mar”, dice Rosello, y explica que esto se debe a los procesos geológicos que provocan el hundimiento de la placa Sudamericana, por efecto de la placa tectónica Andina. “En la cuenca del Amazonas sucede un proceso análogo, aunque más estudiado”, afirma. Finalmente, y no sin esfuerzo, el río Salado, vinculado al arroyo San Vicente, desemboca en la Bahía de Samborombón, donde el Mar Argentino se une al océano Atlántico, para dar forma a uno de los humedales costeros más importantes del país.
“El camalote aprovecha el amonio generado por la fuerte descomposición biológica en un ciclo que se retroalimenta por el poco oxígeno disuelto en el agua asociado al estancamiento”, relata a Viva Claudia Feijoó, investigadora independiente e integrante del Programa de Biogeoquímica de Ecosistemas Dulceacuícolas, donde buscan entender las dinámicas de las lagunas pampeanas. “En general todas las lagunas de la provincia de Buenos Aires están teniendo problemas, fundamentalmente con floración de cianobacterias, pero camalotes… solo encontramos en San Vicente, esto a su vez acelera la pérdida de superficie y aumenta la eutrofización (contaminación provocada por exceso de nutrientes)”.
“Tengo fotos de hace cuarenta años y no había camalotes. Es una cosa de las últimas décadas. Alguien lo llevó y lo introdujo, y también lo vimos en afluentes de la laguna, es decir, río abajo”, explica Feijoó, que hace poco trabajó junto al equipo de investigación en el arroyo San Vicente. Para ellos es necesario actuar antes de que el camalote se siga expandiendo. “Estamos trabajando en la cuenca del Samborombón porque es un espacio poco alterado y la laguna forma parte de sus nacientes. La idea es crear una zona de protección ”, advierte.
El sol está en lo alto de esta mañana prístina de principios de agosto. La sucesión de días de lluvias se detuvieron y más de 100 personas pudieron recorrer un nuevo predio adyacente a la Reserva ganado tras un largo litigio contra desarrolladores de un barrio privado. Pese a la celebración inicial, los asistentes saben que las batallas que tiene que dar este espacio natural no están saldadas. Por un lado, los recientes anuncios de proyectos inmobiliarios sobre la ribera —que incluyen un anfiteatro, un centro comercial, un hotel y viviendas—. Por el otro, la intuición de que el reflejo del sol en el agua parda de la laguna no será duradero. “El camalote va a estar presente para siempre, es imposible sacarlo. Tiene más de una década semillando, se van al fondo del agua y por más que quieras sacar todo lo quieras sacar con una pala, no vas a eliminar las semillas, que tienen una viabilidad de 20 años”, confiesa un guardaparques al paso. Él sabe qué el camalote no se fue de la laguna.