Un secador solar para pequeños productores de pimentón en los Valles Calchaquíes

Esta historia fue publicada por El País
En la fotografía superior, Miguel Angel Vargas muestra los pimientos ya secos en su emprendimiento Adit-Al, en la localidad de San Carlos, Salta, Argentina, jueves 27 de agosto del 2026.

Desde arriba podría confundirse con una nave espacial. Los trece brazos dispuestos a cada lado de lo que podría ser una columna vertebral dan la sensación de que está todo listo para el despegue. Pero en lugar de volar, lo que hará será levantar temperatura. No se trata de alas, sino de colectores de aire caliente conectados a un caño maestro, un revolucionario sistema que captura el calor de la irradiación solar para secar pimientos; la principal producción de los valles calchaquíes en la provincia argentina de Salta.

El capitán de este secador solar se acerca a dar la bienvenida. Todo sucede a pocas cuadras del centro de la localidad de San Carlos, en el extremo sur salteño y a 1.500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. “Normalmente el ají se secaba en el piso, pero ahora lo secamos acá adentro”, explica Miguel Ángel Toto Vargas mientras apila placas en un carrito que ingresará en la cámara de secado, una estructura de 10 metros de largo por tres metros de ancho que está revestida con chapa galvanizada para retener mejor el calor.

El pimiento para pimentón (Capsicum annuum) es originario del continente americano, y en Argentina su producción se concentra en las provincias de Catamarca, Tucumán y Salta, a lo largo de los Valles Calchaquíes. En San Carlos nace la “ruta del pimentón”, donde, durante los meses del secado, se tiñe el paisaje de un rojo vibrante.

Es fines de agosto y al costado del secador solar se observan los almácigos con las primeras germinaciones de la próxima cosecha. De todas formas, Miguel Ángel se presta a hacer la simulación de cómo preparan las placas para colocar los pimientos. “Si se pone el producto en el suelo tarda entre 12 a 14 días en secarse, en cambio con este método en apenas tres días comenzás a sacar la primera tanda. La carga y la rotación es continua. Todo gracias a la ayuda de la universidad”, detalla el productor.

“El caso de Toto es un caso atípico”, explica Gonzalo Durán, minutos antes de comenzar su clase en Transferencia de Calor en la Licenciatura en Energías Renovables de la Universidad de Salta (UNSA). Durán se doctoró investigando los secadores solares que se construyeron a principios de siglo y recuerda en particular el caso del productor que muestra el proceso: “Toto tomó originalmente el diseño del primer secador que existió, en la década de 1980 en la localidad salteña de Cachi (al norte de los Valles Calchaquíes), de una revista de energías renovables donde figuraban todas las medidas y lo replicó en su instalación, junto a su hermano que es ingeniero agrónomo”.

En algún momento se le rompió y se puso en contacto con el Instituto de Investigaciones en Energía no Convencional (Inenco) para su reparación. “Llegó en el momento adecuado: por el año 2004 teníamos un convenio con una oenegé de capitales españoles y buscábamos proyectos de impacto tecnológico sustentable para favorecer la economía circular y evitar el desarraigo”, rememora.

“Decidió financiar este nuevo secador con su capital y nosotros brindamos asistencia desde el Inenco, en alianza con el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y desde la Universidad”, recuerda el investigador en Energías Renovables. Tuvo un costo de 15.000 dólares (casi 13.000 euros) y se amortizó en cuatro años. Comenzó a funcionar en el 2008 y posteriormente se amplió la cámara de secado. Por último, narra, se colocó un pequeño quemador a leña para convertirlo en un secador híbrido.

Gonzalo Durán explica el funcionamiento de este horno solar de una manera sencilla: “El colector es básicamente una caja (en este caso son 26, distribuidos en dos grupos de 13 ubicados en ambos lados del caño maestro), muy bien aislada que recibe la radiación solar, la absorbe, emite infrarrojo y esa radiación se capta en calor y se envía al secador. En un día de marzo los colectores proporcionan temperaturas de flujo superiores a los 40°C y hasta un máximo de 80°C”, detalla.

Una vez finalizado el recorrido por el secador, Toto Vargas muestra dónde se apilan los sacos de 25 kilos con el producto terminado, listo para su distribución. “En estos dos últimos años se produjo muy poco porque está entrando pimentón de China, y puesto en puerto sale $6.000 el kilo (3,40 euros). El problema es que con ese precio no podemos competir. Acá tiene que valer como mínimo $20.000 el kilo (11 euros). Este es el precio del pimentón premium que hacemos nosotros, al que le sacamos el cabo y las semillas, entonces para hacer un kilo tenés otros dos kilos de pérdida”, explica sobre la difícil situación que atraviesa la industria local ante la apertura de las importaciones en Argentina.

La producción de Adit-Al, la empresa de los hermanos Vargas, se orienta exclusivamente a los frigoríficos de los grandes centros urbanos, como Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Una empresa creada en 1993 pero que pocas veces enfrentó desafíos económicos como los actuales. Toto se enorgullece al mostrar el intenso color que da cuenta de la altísima calidad de su producto, beneficiado por la innovación hecha en Argentina.

“La demanda de energía no es solamente electricidad, también se necesitan fuentes de calor, de enfriamiento, muchas no se cubren sólo con lo eléctrico. Si pensamos en la cuestión productiva, el tema se diversifica aún más y encontramos varias experiencias en ese sentido “, explica Valentín Becchio, doctorando en Ciencias, en el Área Energías Renovables, de la UNSA y quien visitó en reiteradas ocasiones el secador solar.

Lo interesante de este experimento y su posterior implementación es que utiliza algo que ya solía hacerse en esta región salteña con alta incidencia solar directa. “La gente ya tiene un conocimiento ancestral porque el secado siempre fue una de las principales formas de conservación de alimentos, entonces es común que los duraznos o la fruta se deshidrate en los techos. Es la forma más fácil que encontraron las personas de esta zona para no perder los alimentos: deshidratarlos. Lo que hacen las tecnologías de secado solar es mejorar ese proceso: acelerarlo y hacerlo más higiénico”, explica Becchio.

Sobre la posibilidad de mitigar la crisis climática, Gonzalo Durán reflexiona: “Pensemos en un secador convencional puesto en San Carlos, ahí no hay leña, el productor para generar calor la tiene que traer del chaco salteño, se paga caro, el uso de la biomasa del lugar es producto de la deforestación y esto a su vez incide en la especulación inmobiliaria que arrasa con los bosques para hacer loteos. Todo esto sin mencionar que San Carlos es la localidad de Argentina con mayor cantidad de tierras en manos extranjeras, más del 50%. ¿Dónde entra el cambio climático? Entonces, puede que no veamos una mitigación a escala global en esto, pero sí a una escala local”.

Becchio va más allá del secador solar o de la actual crisis climática, se pregunta cómo avanza la descarbonización en Argentina, en todas sus dimensiones: “Mantiene los mismos intereses de la matriz energética basada en los combustibles fósiles, pero aplicando un discurso verde”, sintetiza. Y aquí radica la mayor hazaña de este pequeño invento: su funcionalidad es un ejemplo de que una transición energética más justa es posible.

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